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28 de noviembre: Sonoridades y Legados

By noviembre 27, 2015 febrero 8th, 2019 No Comments

Nos aproximamos a otro 28 de noviembre.  Recordamos con ardor patriótico ese 28 de noviembre de 1821, en el que Panamá proclama su independencia de España e inicia una nueva etapa del camino en su destino de nación.  Ya era éste, sin duda, un espacio en el que confluían razas y colores que se han ido acrisolando para construir la identidad o identidades de esta tierra aún en evolución.  En una tierra cuyo destino como “lugar de tránsito” se perfiló desde los días de la colonia, en donde han confluido y siguen confluyendo razas y pueblos diversos, encuentra resonancia la pregunta del cantautor canario Pedro Guerra:

“Ahora que ya vi pasar el río,
¿cuánto de esto ha sido tuyo,
cuánto de esto ha sido mío?

Y para proponer una reflexión sobre el tema, deseo traer a nuestra memoria esa obra de referencia de los profesores Manuel Fernando Zárate y Dora Pérez de Zárate.  “La Décima y la Copla en Panamá”.

Estas dos estrofas, la décima y la copla, llegadas a nosotros como herencia inequívoca de la tradición literaria española, han encontrado en nuestros géneros de canto tradicional (la mejorana y el tambor, respectivamente) un lugar de florecimiento y desarrollo.

En décimas, muchas veces improvisadas, expresan nuestros cantores de mejorana la profunda consciencia raizal, los paisajes y visiones de la tierra propia que nutren el corazón, los amores y desamores, los desarraigos y contradicciones, el humor y la picardía, el desafío y la controversia.

Siempre me maravilla esa relación profunda entre el carácter de nuestras décimas y los torrentes elegidos para cantarlas.  Son nuestros torrentes de mejorana secuencias armónicas con giros melódicos característicos, a través de los cuales el cantor va desgranando en décimas sus penas, alegrías, historias de amores o de chacotería.  Y para cada sentimiento, se utiliza un torrente distinto estableciéndose así una hermosa relación entre la música y la palabra.  No se canta cualquier décima con cualquier torrente, como bien lo explica “La ley de la Mejorana”, poema que escuché cantar por primera vez en la voz de Meche Acevedo.

“Cuando se empieza a cantar,
siempre se toca mesano,
por lo suave, lo liviano
y lo fácil de cantar.
En él se puede elogiar
a la niña interiorana,
y decirle en la ventana
en versos, lo que uno quiera,
yo dejaré cuando muera
de cantar la mejorana.
Otro tono es el gallino,
de todos muy conocido,
y bastante preferido
en el canto a lo divino.
Gracioso, sonoro y fino,
como toque de campanas,
que de tarde o de mañana
se elevan al firmamento;
y así suena el instrumento
cantando la mejorana.”

Del mismo modo, se usará el zapatero para los temas ligeros, el valdivieso para el canto de argumento y mucho más recientemente variantes como el gallino pica’o para las famosas controversias, en las que los cantores se desafían mutuamente en el verso improvisado.

Más allá de las evidentes diferencias entre sonoridades musicales, es interesantísima la cercanía entre el concepto del flamenco con sus diversos palos, y nuestra mejorana y sus torrentes, con sus espacios abiertos a la improvisación sobre estructuras definidas.

En este sentido, la décima nos conecta no sólo a una fuente primigenia común, sino a los pueblos hermanos de América Latina que han sabido cultivarla hermosamente (seises puertorriqueños, jaranas en México, el famoso repentismo cubano, cifras y payadas en Argentina, payas y canto a lo divino en Chile, joropos y golpes en los contrapunteos venezolanos, etc.),  guardando esta delicada relación entre música y literatura.

La guitarra toma formas propias en cada país y es nuestra mejoranera, guitarra de cinco cuerdas,  ese espacio en donde la décima florece en la voz del cantor y en donde la saloma encuentra también un lugar de relevancia.

En esa melodía vocal con elementos melismáticos, bella y elaborada expresión del cantar campesino que es nuestra saloma, se mezclan elementos provenientes de la expresión de nuestros pueblos originarios con influencias españolas y africanas.

“Algo tiene de flamenca,
algo también de africana,
pero es su cuna temprana
donde la raza se trenza”,

nos relatan unos versos cuyo autor no logro precisar. Si bien la saloma subsiste como expresión independiente, es tradicional en el canto de la mejorana y con  ella delínea el cantor los giros melódicos que luego desarrollará plenamente en el canto de las décimas.

Es en nuestros bailes de tambor, en la voz a veces atiplada, a veces reposada de nuestras cantalantes, en los patrones de llamada y respuesta sobre el diálogo polirrítmico de los tambores, eslabones que nos conectan con nuestra poderosa herencia africana, en donde surge la copla como expresión profunda del alma femenina.

Bien sea en nuestros tamboritos de las provincias centrales, tambores congo y bullerengues de Colón y Darién, en nuestro tambor con guitarra de San Miguel, o incluso en las breves intervenciones vocales en nuestras cumbias, en donde una copla quiebra las quietudes de la noche y nos recuerdan con contundencia por  qué ha sido para tantos pueblos, expresión del decir y el cantar popular.

“Yo no canto porque sé,
ni por divertir a nadie;
yo canto porque me gusta
esta herencia de mi madre”.

“Yo soy morena, señor,
la de corazón de oro,
por más que tenga dolor,
me aflijo pero no lloro”.

Como la décima, es  la copla , eslabón de profunda conexión con el canto de nuestra América Latina y retrato de ese proceso de incorporación de elementos que dan origen a sonoridades propias en cada país.

En todos los períodos de nuestra historia, ha sido nuestra tierra regada por diversos afluentes culturales. Es así como del waltz europeo nace y evoluciona el pasillo, como nuestros puntos de mejorana se convierten en bailes de salón, como nuestras tamboreras son el resultado de la fusión del tamborito tradicional con elementos de la música cubana y danzas como “La Reina Roja” del cubano Máximo Arrates Bosa llegan a ser piezas emblemáticas en el cancionero de raíz. Calipso y géneros del Caribe antillano, sonoridades de la música del Norte, sonidos del mundo, cuadrillas y contradanzas, danzas y personajes como los diablicos que hacen eco de la religiosidad popular…

“Ahora que ya vi pasar el río,
¡cuánto de esto ha sido tuyo,
cuánto de esto ha sido mío!”

Muchas veces se ha dicho que en esta tierra, “mucho pasa y poco queda”. Propongo replantearnos esta visión y celebro el trabajo que en ese sentido vienen realizando documentalistas y  artistas diversos  en la recuperación de nuestra memoria histórica y cultural, acortando brechas generacionales y ayudando a desentrañar esa madeja de hilos que nos conforman. Quizá nuestro mayor logro siga siendo esa capacidad de síntesis, de imprimir a todos esos elementos aislados un carácter propio; de unificarlos, integrarlos en colores y acentos característicos a la vez que nos integramos y unificamos con ellos. Y todo,  sin que parezca que está ocurriendo, con esa misma capacidad que tenemos para mezclar alegrías y cabangas en un solo canto, en una sola danza.

Celebro nuestra independencia, nuestros sonidos de identidad y nuestros legados, y propongo un viaje hacia adentro para ir reconociendo los colores que nos forman. Delimitar a ciencia cierta dónde termina uno y dónde empieza el otro nos sugiere más preguntas que respuestas.

Si los tambores y el canto comunitario nos remiten al África ancestral, décimas, coplas, mejorana y zocabón nos conectan con la herencia hispánica, nuestros kamus y aerófonos nos remiten a la herencia originaria que otros pueblos expresan con kenas y sikus, y así sucesivamente…

Aún sin conocer todo lo que hemos de ir encontrando en este viaje interminable, me atrevo a afirmar que, tras nuestras búsquedas y encuentros, nos daremos cuenta de que somos más que una amalgama de elementos mezclados al azar; que en Panamá, mucho queda y se sedimenta como sustrato de lo que somos; que esta tierra abraza e imprime carácter, moldea, se construye a la vez que nos construye,  y que el todo es, sin duda, mucho  más que la suma de sus partes.